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Trabajo sexual: estigmas, dilemas y negaciones
Reportaje Especial
Antonio Medina
México DF,
septiembre 23 de 2009.
El trabajo sexual ha sido relacionado históricamente a la marginalidad económica y con sectores excluidos, por tanto, quienes ejercen este oficio, han sido y son, vulnerabilizados por políticas públicas excluyentes y por una sociedad carente de educación para entender el fenómeno social que provoca esta actividad.
La gran mayoría de mujeres y hombres que ejercen el trabajo sexual en México recurren a este oficio, no solamente por gusto —que es una decisión respetable para quien lo haga por mero placer después de la mayoría de edad— sino por la falta de alternativas laborales que les permita vivir dignamente.
En el contexto actual de desastre económico, producto del neoliberalismo voraz que arroja a grandes sectores sociales a la miseria económica, la prostitución es una opción laboral para muchas personas, no solamente de escasos recursos, sino también para quienes han visto caer su estatus económico, pues encuentran como medio de subsistencia la venta de sexo. En esta búsqueda, su dignidad, su salud y la seguridad quedan en manos de lenones, autoridades judiciales y el dedo flamígero de una sociedad que castiga con la violencia y la discriminación a quienes ejercen este oficio.
Hoy en día existen muchas maneras de realizar el trabajo sexual y muchos son los riesgos que enfrentan quienes se dedican a esta actividad, uno de ellos, como informa Onusida, es que una de cada tres trabajadoras del sexo comercial, “no recibe los servicios de prevención del VIH o Infecciones de Transmisión Sexual”.
La calle es quizá la forma más visible y la que provoca mayor disgusto a quienes defienden a ultranza la moral y las buenas costumbres. Esos mismos que se han organizado en diferentes momentos en las últimas dos décadas para hacer casería de brujas y golpear en autos, calles obscuras u hoteles de paso a mujeres y hombres que osan vender sus cuerpos para el placer sexual.
En este sentido, es importante destacar que ha sido el espacio público donde muchas trabajadoras y trabajadores sexuales ofertan sexo a una población que no ha sido educada en temas de sexualidad y el respeto a la otredad, como ha sucedido en países desarrollados como Holanda, Francia, Canadá o Brasil, éste último, cambiando desde el discurso presidencial la denominación histórica de “prostitución” por “profesionales del sexo”, término que reivindica el oficio socialmente y que se ha materializado en efectivas políticas públicas encaminadas a un cambio cultural.
¿Un mal necesario?
En la ciudad de México se calcula que existen unas 200 mil personas que se dedican al trabajo sexual.** “Ellas y ellos están ahí, todas las noches o de día; con frío, calor, lluvia, contaminación; en navidad, los domingos, los días de las madres… en fin, están ahí porque simple y sencillamente hay alguien que consume lo que venden: sexo”, comentó alguna vez la sexóloga Anabel Ochoa, quien siempre se manifestó a favor de la regulación del trabajo sexual desde una perspectiva humanista, que atraviese el ámbito laboral, jurídico, de salud, y, desde luego, los derechos humanos.
Quienes ejercen la prostitución en las calles de la ciudad de México llevan consigo historias de sometimiento y esclavitud, tal como lo relatan diversas mujeres en el libro “Comercio Sexual en La Merced, una perspectiva constructivista sobre el sexo servicio”, editado por Miguel Ángel Porrúa–UAM (2006), cuyas compiladoras son las académicas Angélica Bautista López y Elsa Conde Rodríguez, quienes constatan que en torno a esta actividad se entretejen redes de ex judiciales y traficantes de mujeres que las secuestran, engañan o compran a sus familiares para prostituirlas.
En el caso de La Merced, donde se lleva a cabo el estudio académico, la gran mayoría de las mujeres provienen de estados cercanos al Distrito Federal, como Tlaxcala, Morelos, Hidalgo, Querétaro y el Estado de México. Algunos datos relevantes del estudio reflejan que la gran mayoría de las mujeres inicia su actividad alrededor de los 13 años. Su virginidad es altamente cotizada y vendida a hombres que por lo regular no desean usar condón bajo la premisa de que ellos no están infectados y pagan costos mayores al mil por ciento por “estrenar” a una jovencita.
Pero el trabajo sexual también es ejercido por mujeres con cierto nivel de preparación, que acuden a lugares donde asisten hombres de clase media o alta, como Salivan, Insurgentes, San Ángel o los alrededores de Zona Rosa, en la ciudad de México.
“Es más conveniente vender placer sexual que conseguir un trabajo lo suficientemente remunerado para poder soportar los gastos mínimos de una familia”, comenta a NotieSe Jazmín, una estudiante universitaria, quien trabaja tres noches por semana en un conocido parque de la ciudad de México, lo que le permite, además de continuar sus estudios universitarios, mantener a su madre, que vive con una enfermedad terminal; a su padre, que lleva desde que llegó Fox al gobierno sin empleo formal; una abuela paralítica que no tiene acceso a la seguridad social, y dos hermanos: uno en la preparatoria y el otro en la universidad.
“No me causa problema lo que hago para sobrevivir, pues sé que es momentáneo y me está sirviendo para salir adelante junto con la gente que amo. He sido secretaria y obrera, pero en esos trabajos no tenía ni el IMSS y no la veía llegar, por eso decidí que podría dedicarme al trabajo sexual durante algún tiempo… y no me ha ido mal. Cuido mi salud, sigo estudiando y sé lo que hago. No me friqueo ante la vida”, asegura la joven universitaria de 23 años de edad.
El estatus y los lugares
Otros ámbitos donde se ejerce este oficio son los burlesques, cabarets, discotecas o antros y los clubes privados, donde mujeres —y cada vez más transexuales y travestis— hacen shows eróticos con tocamientos corporales, y el sexo, cuando se da, puede ser sin condón, pues se vuelve la obsesión de algunos hombres cuando están en estado etílico o con el efecto de las drogas. En esos espacios, muchos de ellos clandestinos, no se habla de derechos laborales, de jornadas de trabajo o días de descanso; se les explota y están a expensas de delincuentes y autoridades judiciales.
A pesar de esas circunstancias, muchas veces quienes ahí laboran, ganan el suficiente dinero para sobrevivir, pues sus ingresos, por mínimos que sean, explica Jazmín, “nos permite vivir mejor que muchas otras mujeres… podemos mantener a una, dos o mas personas y, en algunos casos, llevar una vida cómoda”.
En el caso de los hombres travestis, transexuales o transgénero; el trabajo sexual, junto con el show nocturno y el trabajo de estilistas, son las opciones que les queda para sobrevivir, comentó en entrevista Susan, una joven transgénero que interpreta a Lila Deneken, Lucerito y Selena en una discoteca del centro de la ciudad de México: “muchos trans no tenemos suficientes alternativas laborales… preferir llevar todo el día tu sexualidad femenina te limita para tener oportunidades laborales, aunque seas profesionistas o tengas otras habilidades fuera de esto… y mira que muchos que estamos en esto, antes hemos sido profesionistas, pero cambiamos todo por vivir como realmente queremos: como mujeres y eso lleva también la discriminación y explotación de lo que hacemos por otros”.
El precio, además de los abusos de quienes contratan sus servicios en negocios —legales o clandestinos—, es lidiar con hombres que ven en esta actividad una manera de ejercer su poder a partir del uso de la violencia, sea simbólica o física, tanto con hombres como con mujeres.
“Es como si el machismo, la misoginia y la homofobia se activaran cuando los hombres están con trabajadoras sexuales u hombres transexuales, y violarles sus derechos, golpearles, explotarles o humillarles no tiene para ellos ninguna consecuencia legal… saben que son impunes y que ellas o ellos no tienen credibilidad ante las autoridades judiciales”, comenta Alejandra Gil, directora de Aproase, una de las organización de la ciudad de México que defienden los derechos de las y los trabajadores sexuales desde hace más de tres lustros.
Explica que una de las mayores formas de vulnerabilidad de las mujeres y hombres que ejercen el trabajo sexual es cuando los clientes exigen tener sexo sin condón con ellas, en ocasiones ofreciéndoles mayor pago por ello. “Estas situaciones las ponen en riesgo de contraer infecciones de transmisión sexual o VIH/sida, aunque algunas de ellas se la juegan por más dinero”, concluye la activista.
En tanto, la organización Brigada Callejara de Apoyo a la Mujer "Elisa Martínez", que trabaja en la zona de La Merced, en la ciudad de México, y que pertenece a una gran red de organizaciones de la República Mexicana, ha documentado por más de tres lustros la violencia de Estado contra el sexo servicio, que en los tímidos intentos de legislar en la materia, lo que se busca es "utilizar políticamente a las personas que ejercen el trabajo sexual".
Jaime Montejo, dirigente de esta organización civil, ha considerado que las propuestas de ley que se han impulsado en el Distrito Federal desde el escritorio de funcionarios públicos tienen “un carácter autoritario, intransigente y segregacionista que lesionan la dignidad de las personas dedicadas al sexo comercial”.
La prostitución que no se ve
Pero además del trabajo sexual que vemos en ciertas zonas de la ciudad y la que sabemos que existe en espacios de divertimento nocturno, hay otra que se desarrolla en casas, hoteles, automóviles o calles, parques o terrenos baldíos. Esta compra de sexo y su demanda circula a través de espacios de difusión, principalmente en periódicos de nota roja, revistas y por Internet.
En el primer caso, que es el de mayor tradición e impacto hasta la fecha, mujeres y hombres ofertan sexo desde 50 pesos hasta costos de lo más exorbitantes. La creatividad y la desinhibición en los mini textos reflejan la destreza de los anunciantes. Prometen cumplir las más íntimas fantasías, muchas veces cediendo a trabajos que rebasan los límites de la prevención a cambio de mayor pago.
Esta manera de ofrecer sexo parecería que goza de la independencia de sus anunciantes, no obstante, explican a NotieSe Meliza y Gael, no es así, ya que son “agencias” que se dedican a prostituir mujeres y hombres —sean trans o gays estos últimos— les protegen ante clientes violentos, aunque muchas veces son el gancho para robar y chantajear a hombres que acuden a estos servicios.
El Internet es otro espacio donde la prostitución ha encontrado un nicho de mercado gigantesco. En páginas pornográficas extranjeras y nacionales se abren chats o blogs que ofrecen a mujeres y hombres con una gran variedad de características. La venta del sexo puede ser virtual y el pago a través de tarjeta de crédito, o materializarse en la casa del cliente, un hotel u otro espacio, lo que se presta, sin lugar a dudas, a actos delictivos, que van del comercio sexual infantil o con adolescentes menores de edad, al robo y chantaje de clientes.
Estas maneras de ejercer el trabajo sexual no cuentan con el apoyo de organizaciones civiles o proyectos de instituciones de gobierno que provean información sobre la salud sexual, la prevención de infecciones de transmisión sexual o el VIH/sida, o que eviten la explotación sexual, la trata de blancas y la formación de redes delictivas.
Las pocas acciones de gobierno que se han emprendido para evitar la violencia hacia quienes ejercen el trabajo sexual, principalmente en el sector de las mujeres, están encaminadas a los espacios públicos y muy poco a lugares de diversión. Es en esos sectores donde sabemos que se sufren los efectos de la delincuencia y la corrupción de las corporaciones policíacas y de salud.
No obstante, el sector que ejerce este oficio a través de anuncios de Internet o clasificados en los periódicos y revistas no están exentos de ver vulnerada su integridad, pero muy poco sabemos de esa otra realidad, pues hasta el momento no hay encuestas ni estudios que nos proporcionen información al respecto.
El estigma y sus efectos discriminadores
El estigma social y cultural que se ha construido históricamente sobre la prostitución no ha permitido a quienes se encargan de hacer políticas públicas, verla como un hecho social sobre el cual las instituciones del Estado deben garantizar derechos y promover una cultura de respeto, tal como ha sucedido en algunos países desarrollados donde las personas que deciden libremente ejercer el trabajo sexual tienen seguridad social, prestaciones de ley, pagan impuestos y gozan de un seguro laboral que les garantiza un retiro digno a mediano o largo plazo, como sucede con el resto de las actividades laborales.
En este sentido, no es ocioso que la Organización Internacional del Trabajo (OIT) haya declarado a la prostitución como un oficio por el cual las personas deben tener tanto derechos como obligaciones, y merecen la protección contra la explotación, la trata de personas y abusos de las autoridades, tanto judiciales, como sanitarias.
Ante la gran violación de derechos y discriminación que sufren hombres y mujeres que ejercen el trabajo sexual en espacios públicos, diversas instituciones que defienden los derechos humanos como el Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (CONAPRED), el Centro Nacional para la Prevención y Control del Sida (CENSIDA), junto con la Coalición Mexicana de Trabajo Sexual en Acción, han propuesta que el día 2 de junio se reconozca como el Día Internacional de la Trabajadora Sexual, en recuerdo de 150 trabajadoras sexuales que en 1975 ocuparon la iglesia de St. Nizier, en Lyón, Francia, para protestar por la violencia que sufrían.
Esta propuesta, promovida además por varios cientos de mujeres y hombres que ejercen el trabajo sexual de manera organizada en diferentes estados de la República Mexicana, han denunciado recientemente las detenciones arbitrarias, la negación de servicios médicos, la ilegal aplicación de pruebas de detección del VIH/sida sin su consentimiento, violándoles la confidencialidad, entre otras irregularidades; lo que también viola las garantías de sus familias y las de sus clientes.
Estas circunstancias que viven las personas que ejercen el trabajo sexual en espacios públicos, provoca, entre otras cosas, la vulnerabilidad a su salud y obstaculiza la prevención de la transmisión del VIH/sida y otras infecciones de transmisión sexual.
La propuesta plantea que sean las mismas trabajadoras sexuales quienes estén involucradas en la elaboración de políticas públicas para que se garantice mayor objetividad en las acciones, mismas que deben estar encaminadas a la reglamentación y a la protección de sus derechos fundamentales. Rechazan las zonas de tolerancia y las tarjetas de control sanitario, ya que éstas —dijeron— “no aseguran la protección de la salud de quienes ejercen el trabajo sexual, ni de sus clientes, sino que impulsan la corrupción, la extorsión, las formas de esclavitud y otras violaciones a los derechos humanos”.
Bajo la premisa: “lo que no se ve no existe”, es oportuno denunciar que las acciones en contra de la violencia y explotación de las personas que ejercen el trabajo sexual, tanto en espacios públicos como privados, requiere de reflectores que develen la violación a sus derechos humanos. Es necesario que las autoridades judiciales realmente protejan la integridad de las y los trabajadores sexuales y que las instancias de salud les provean insumos informativos y de atención a su salud.
La complejidad de las soluciones en torno a la violación de derechos hacia quienes ejercen el trabajo sexual —que se ve y el oculto—, requiere de políticas públicas inteligentes, que tengan como principal objetivo garantizar la salud de mujeres y hombres, que tenga como base el componente esencial y transversal de los derechos humanos.
* “Comercio Sexual en La Merced, una perspectiva constructivista sobre el sexo servicio”, editado por Miguel Ángel Porrúa–UAM (2006). ** Comentarios: j_medina27@hotmail.com
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